La delincuencia nos afecta a todos

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ElvisPoco a poco las calles se han convertido en selvas de cemento. Ya no hay quien salga loco de contento, como dice la salsa que popularizó Héctor Lavoe, dondequiera te espera lo peor.  El flagelo de la delincuencia no para mientes ante nada ni nadie.  De ahí que la ciudadanía sienta aprehensiones por el derrotero que está tomando  este cáncer que lleva luto y dolor a las familias.

El problema de la violencia es el de todo el continente. En El Salvador, por ejemplo, el fenómeno de la delincuencia ha sido tan letal, y las llamadas maras tan mortíferas, que el gobierno de la nación llamada el Pulgarcito de América, ha ponderado profundamente la imposición de un estado de excepción, en donde no se la garantiza los derechos individuales a las personas, como forma de combatir a los pandilleros que azotan a esa sociedad.

Y a pesar de que la criminalidad parece a veces ganar la guerra, hay que reconocer que algunas naciones toman medidas que merman significativamente la violencia;  uno de los programas más eficientes en contra de la delincuencia lo asumió Honduras, país que ocupaba el primer lugar en criminalidad, y el gobierno dispuso de un gravamen  que le permitió recursos para dotar a los cuerpos armados de vituallas y mejorar sus salarios, con lo que ya ese hermano pueblo no está en el primer lugar de las naciones más violentas.

En nuestro país la delincuencia se está adueñando de las calles, y  la gente se siente atemorizada de salir, pues esos desaprensivos  malhechores no dan tregua, y utilizan los más sorpresivos métodos para atrapar a sus presas.

Es mandatorio de cada quien haga conciencia que  debe aportar su cuota de responsabilidad  para que de manera mancomunada, se logre vencer  la ola de criminalidad que abate a la sociedad.  No se justifica que en el multimillonario polígono central de la Capital, para que haya un circuito de cámaras de vigilancia, tuviera  que acudir el 911 a instalarla, pues los  cientos de establecimientos que operan en esa demarcación urbana, ni siquiera se dan por aludido y no aportan a la solución de este trance.

Pero asimismo hay instituciones autónomas que antes que hacer su trabajo, y las inherentes tareas propias que le competen, se hacen de la vista gorda y no contribuyen a desmontarle peligrosidad a algunos lugares públicos. De ahí que resulte aleccionador ver brigadas del Ministerio de Obras Públicas  haciendo  las labores que por ley están asignadas a  cabildos y otras dependencias gubernamentales, pues esas oficinas se mantienen “en Belén y los pastores”.

Claro está, el problema de la delincuencia es un mal multifactorial, que tiene su génesis en innumerables causas, y  su desarrollo fue paulatino, por lo que una sola medicina no resolverá esta dificultad que a la postre nos puede afectar la industria del turismo y alejarnos inversiones.

Hay que estar claro en que no son únicamente  las injusticias que origina  un sistema de exclusión social lo que trae la fechoría entronizada en la sociedad. También hay que reconocer que es causante principal de este problema toda una cultura decadente de antivalores y de ascenso social por vía no institucionales que trabaja como  caldo de cultivo en la mente del que va a delinquir.

¡Es complejo el problema!

Por Elvis Valoy

Periodista, apasionado de la naturaleza y un hombre preocupado por su país.

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