In memoriam: “Como las historias de Edward Bloom”

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Por: Patricia Guerrero

Patz GuerreroVoy a contar la historia de un hombre que cambió el pequeño espacio donde fue puesto en este mundo, por el mundo entero. Que se educó en grande y forjó más de un pensamiento de crecimiento en todos los que sabemos quién es.

Don EpifanioNació en Baní, en 1911,  y al crecer, como muchos banilejos, salió a la capital sin un peso en los bolsillos a forjar su futuro en el comercio al detalle.  En el pequeño Haiti cargo sacos y recogió basura. Vivió a la intemperie, hasta lograr un puesto de dependiente de colmado. En pocos años aquirió el suyo, y unos cuantos años más tarde ya tenia un almacén mayorista, para pocos años después convertirse en uno de los mas grandes de la avenida Duarte, que en aquel entonces era donde se movía el comercio principal de nuestro país.

Se propuso amar a una hermosa libanesa residente en Barahona, tres veces más grande que él en estatura, cosa que él ni notaba, lo que pienso ayudó a que finalmente fuera su esposa. Con ella tuvo seis varones, a quienes encaminó y educó para que fueran grandes, y así fueron.

A los 25 años, este hombre ya era masón grado 33, en todas las logias del país. Fue presidente de la Asociación de Mayoristas en Provisiones de Santo Domingo; de la Asociación de ganaderos, de Aproleche, de los detallistas, y de muchas instituciones que ayudaron a organizar a los comerciantes en los tempranos 1900´s. Este hombre era mi abuelo, Epifanio Guerrero González, y murió este sábado 9, a sus 103 años.

Yo nací en su casa, en Herrera, en donde vivían mis padres entonces. Nunca olvidaré el olor de su habitación, como al ungüento que usaba mi abuela y que por el aire acondicionado, que nunca apagaban y que
sonaba cual una nevera, como todos esos aparatos de los 80, se extendía por toda la habitación. Tampoco olvido, que siempre estaba viendo un juego de pelota, de donde fuera, deporte que impulsó patrocinando a muchos jóvenes pobres que después fueron grandes peloteros, incluyendo a sus hijos.

Me acuerdo del almacén, de su oficina llena de papeles y de ofertas de marcas, como mantelitos y tasas promocionales que le enviaban. Recuerdo que una vez me puso de tarea hacer el cuadre del día. Yo moría del miedo de fallar, pues pensaba que si fallaba algo grande iba a pasar y se iba a generar algún lió, yo tenía 10 años. Nunca vi a mi abuelo hablarle mal a nadie, pero sí era conciso y estricto. “Carajo”, podía ser la palabra más fuerte que le escuche decir, y para pronunciarla tenía que haber pasado algo muy grande.

Era loco con un café con leche, y hace unos años, que me tocó volver a vivir con él en casa de mis padres, cuando me levantaba temprano a prepararle su café con leche, al entregárselo siempre me preguntaba lo mismo: “¿Están durmiendo? ve y diles que son las 7″.

Ese era mi abuelo, un hombre sencillo, y con su ejemplo terminé de comprobar que en la sencillez está la grandeza. Nosotros, los que lo complicamos todo, los que pensamos de más, los que hablamos y teorizamos acerca de cada hecho, no les llegamos ni a los tobillos.

Cuando murió su esposa, Patria, de quien heredé mi carácter, mi pelo y mi nombre, al llegar del cementerio abuelo se sentó en la galería de la casa, en silencio. Horas después, se puso de pie, miró a mi padre y éste le dijo: “nada papá, nosotros seguimos vivos”… Hoy, mientras veía su entierro, recordé mucho esa frase, y tuve que retirarme al carro, pues no hay más nada que decir que sea mas grande que eso.

La mañana de aquel día, que se convirtió después en el día que lo vi por última vez, me dijo al verme: “esa barriga está grande, estás buenamoza”, y en siete meses él no había emitido un solo juicio acerca de mi embarazo, ni de nada que tuviera que ver con eso. Ese día más tarde abuelo fue internado por algo que después siguió deteriorándolo hasta hoy, que falleció.

Esos largos caminos no pasan por casualidad, no le sucede a todo el mundo poder ver  tantas historias, desarrollar otras tantas, y ver nacer dos siglos, tan distintos uno de otro,  trabajando. Nunca olvidaré que para él su mayor logro en la vida no fue nada de lo que mencioné antes, fue haber aceptado a Jesús, y le doy el crédito a mi abuela, quien duró 53 años predicándole todos los días… todo en lo que creyó antes, ese día murió, y aún en sus últimos días, me cuentan que
le hablaba a Dios.

Hoy llovió abuelo, y cantamos mientras partías, sonreímos, y nos encontramos todos tus hijos de nuevo, tus nietos, y todos tus amigos queridos, los que aun viven.. muchos teníamos un montón sin vernos, otros ni nos conocíamos, y solo se me ocurre que hasta en tu partida, abuelo, hiciste algo por nosotros para que crezcamos y continuemos juntos, ya que somos los que nos vimos hoy allí,  los que aun seguimos vivos… y esto lo digo después de un largo silencio.

Descansa en paz, Epifanio Guerrero González.

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