Sobre la cuestión de la violencia en las luchas políticas

GABRIELHace un par de semanas que en una discusión política abierta, una amiga opinó lo siguiente: “Mi discurso no es anti comunista y no estoy en contra de la violencia, pero creo que por el momento no es necesaria, la violencia solo se debe ejercer cuando nos favorezca: en caso contrario, solo deja perdidas innecesarias…”.

Con este pensamiento claro y sensato en mente, ella se refiere a la violencia que se lleva a cabo durante las actividades políticas de protestas que repetidamente ponen en práctica ciertos círculos activos de ideas y de accionar izquierdista en la República Dominicana. La posición que esta camarada  pone en el concurso de la discusión, deviene del haber asumido una actitud seria que evoluciona hacia posiciones concretas y conscientes, rompiendo con el actuar abstracto que significan la forma y maneras en que muchos grupos y grupúsculos, —que a su vez se hacen llamar “partidos de izquierdas”— oponen al sistema vigente. Esos grupitos desperdigados por todos lados azuzan con el uso del sabotaje y la violencia callejera un cambio social que ellos no comprenden, que dicho sea de pasada: es inevitable, pero que afortunadamente, no serán éstos grupos  quienes pondrán en moción o acelerarán dicho proceso, ya que sus acciones alejan a las masas del campo en donde actúan quedando reducidos a sectas con inclinaciones políticas basadas en la acción terrorista.

El giro político que toma curso en el presente período no se surte de impulso alguno a consecuencia de los llamados  “paros laborales” o “huelgas por reivindicaciones barriales” convocados por organizaciones que no cuentan con influencias dentro de las masas populares y que terminan siempre con acciones violentas innecesarias en casi todos los casos. Pese a que el proceso histórico está dando un giro importante al curso de los acontecimientos políticos, y dado que las condiciones subjetivas entre las masas no son las mismas que las de diez años atrás, los cambios sociales no están sujetos a logro mediante la fuerza bruta de rabiosos grupos “políticos” al margen de las masas de trabajadores o de los obreros parados y desempleados. La administración consciente de la lucha, consiste, pues, primariamente, en la capacidad organizativa del liderazgo político mediante la educación ideológica y la propaganda.

Como pensador Marxista: —que conste que escribo y me expreso a nivel individual y no a nombre de partido—presto atención a todas las opiniones e inquietudes particularmente de jóvenes trabajadoras, trabajadores y juventudes estudiantiles. Ellos se hallan ávidos de lucha; opinan, actúan y procuran organizarse en busca de respuestas a los males,  desigualdades y desequilibrios sociales existentes. Esta tendencia dentro de todo su conjunto es un viso del interés por comprender mejor las luchas que se libran hoy y las que han de librarse en el porvenir. Sin embargo, y pese a toda nuestra moderación e intransigente oposición contra el ultra radicalismo, el trabajo organizativo de manera ordenada pacífica, se ve opacado por grupitos que no abandonan, pese a todos sus fracasos, la inclinación hacia el terrorismo individual o de grupo.

La violencia política —especialmente la violencia armada— tiene muchas facetas: por tanto, cuyo empleo debe ser puesto en práctica partiendo del análisis de las condiciones subjetivas existentes, tal como trata de enfocarla en su comentario la amiga citada arriba. En política y en las luchas por el poder político, la violencia es latente; incluso las ideas opuestas entre sí, reflejan un constante antagonismo en la administración intelectual de la violencia. Es aquí en donde debemos razonar en perspectiva sobre las consecuencias inmediatas que pueden devenir de la acción bélica durante el desarrollo y desenlace de las luchas políticas entre las clases sociales.

No es igual la violencia individual que en masa.

Quemar o apedrear un carro o autobús,  es una arbitrariedad aun siendo dicho medio de transporte una propiedad del Estado o de tal o cuál burgués, comerciante o terrateniente, puesto que al fin y al cabo es conducido por un Obrero. Este tipo de acción aleja al proletario de estas organizaciones que dicen defender sus intereses y también de las que honestamente muestran respeto y defienden las causas de los trabajadores. Quienes asumen estas prácticas —que en instancia son de índole ultra izquierdistas—, en el mejor de los casos, lo hacen a consecuencia de la ignorancia ideológica y de la incomprensión de nuestra condición de clase: en todo caso es una manera absurda de actuar contra el régimen de explotación; con ello se pierde la confianza de las mayorías; y en conclusión con este tipo de acciones, hay mucho que perder y muy poco que ganar. En primera instancia, perdemos la credibilidad y confianza que deben depositar los trabajadores en nosotros y también se pierden vidas de jóvenes compañeros, como fruto de la provocación rabiosa de un liderazgo que actúa por impulsos del pensamiento pequeñoburgués reaccionario.

Una organización de revolucionarios genuinos, antes de nada se orienta hacia la clase trabajadora; comprende que ésta se halla revestida con el sentido de una moral que se ha inculcado durante siglos mediante el incansable trabajo de propaganda de la clase dominante a través de sus múltiples medios. De aquí, la innegable necesidad de la educación ideológica de los Cuadros revolucionarios. Es preciso reflexionar mucho en esto y dar por sentado que acciones aisladas de carácter ‘revolucionario’ puestas en práctica por pequeños grupos que se reclaman <<marxistas-leninistas>>, solo consiguen alejar a las masas de las ideas revolucionarias—valga la redundancia.

Aunque no fomentamos el pacifismo, exponemos explícitamente, nuestra oposición al terrorismo individual o de grupo: evitamos la provocación. Al no descartar las acciones políticas de carácter violento, analizamos y explicamos su carácter de clase, sobre cuyos aspectos y rasgos distintos hacemos énfasis al concluir que es ella también uno de los pilares de dominio sobre los cuales descansa el sistema que nos oprime. La clase capitalista (la burguesía) acabó por destruir violentamente el sistema de producción y de explotación feudal, lo cual correspondía a la madurez de las condiciones sociales del momento, durante el apogeo de la Revolución Industrial y el papel de la dialéctica en ella.

Lo mismo podemos decir sobre el proceso revolucionario ruso en la víspera de la Primer Guerra Imperialista, de 1914, porque mientras los grupos terroristas de Rusia minaban de mártires a sus organizaciones contra el sistema de dominio zarista y en nombre del socialismo, los Bolcheviques se unían a los Trabajadores en las fábricas; reclutaban, educaban  y organizaban a los obreros, fortaleciendo así a su Partido y preparándolo con un programa para las batallas políticas de clase. Los obreros rusos, tomaron el poder político mediante las elecciones de los Consejos de Obreros (Soviets); es decir, de la manera más democrática y sin disparar un tiro. Fue solo a consecuencia de la reacción violenta que amenazaba el poder conquistado por los Soviets, que irremediablemente fuera necesario el uso de la fuerza por parte de éstos. En un enfrentamiento de clases como éste, como los que se dieron en Rusia ante los intentos contrarrevolucionarios de 1917, las medidas y acciones violentas están al orden del día. Lo requiere la defensa de las conquistas del pasado, no obstante y en última instancia, las acciones aisladas por parte de grupos no garantizan el mantenimiento de la vigencia de esas conquistas, y mucho menos pueden provocar una situación revolucionaria triunfante: ¡todo lo contrario, por supuesto!

 

No todas las acciones están justificadas.

En muchas otras intervenciones que he hecho, he criticado la quemadera de gomas, la tiradera de piedras y de tiros. He criticado la lucha armada mediante la guerra de guerrillas, por considerar incorrecta la acción aislada de las masas proletarias lo cual dice hacerse en nombre la revolución proletaria y el socialismo. La Revolución del 24, 25 y 26 Abril de 1965, (por ejemplo), fue mucho más efectiva que el alzamiento de diciembre del 1963 por parte del movimiento Catorce de Junio 1J4. Esta acción violentó para siempre todo el potencial de ese partido.

La violencia es un recurso necesario e inevitable en las luchas de clases, pero no es a lo primero que debemos acudir en aras de ganar batallas y conquistas en favor de nuestra clase. Los Marxistas revolucionarios, intransigentemente nos oponemos al terrorismo individual y de grupos; en su lugar proponemos la construcción de Organizaciones de masas para el combate de Clase contra Clase. En uno de sus artículos, León Trotsky—creador del Ejército Rojo de Rusia—nos enseña lo siguiente: “…el desorden que un atentado terrorista provoca entre las masas obreras, es más profundo. Si basta armarse con un revólver para logar el objetivo, ¿para qué los efectos de la lucha de clases? Si un dedal de pólvora y un poco de plomo bastan para atravesarle el cuello al enemigo y matarle, ¿para qué hace falta una organización de clase? Si tiene sentido aterrorizar a los más altos personajes mediante el estampido de las bombas, ¿es necesario un partido? ¿Para qué valen los mítines, la agitación entre las masas y las elecciones, si desde la galería del parlamento se puede divisar fácilmente el banco de los ministros?”.

¡Digamos No a la violencia política individual o de grupos!

¡Organizar, para construir el partido de trabajadores!

Autor: Gabriel Atilio

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.